Nota las reseñas están referidas a vivencias subjetivas en la captura fotográfica de vestigios precolombinos del país. Para información referencial se recomienda la lectura del archivo digital

2014-04-01
Calor en las piedras de Quitor
El norte de Chile es grande, pero sobre todo queda muy lejos si uno viene de la zona central, viaja en bus y debe cruzar tres regiones. El último bus salía de Calama a San Pedro de Atacama bastante tarde y arribaría al pueblo a la una de la madrugada. San Pedro impresiona por su sencilla belleza de adobe, su iglesia de postal y la gran cantidad de gringos que inmediatamente da la sensación que todo es muy caro. Al llegar todavía había lugares abiertos, comí en un restaurant como último cliente. Al salir ya eran las 2 de la madrugada. ¿Qué hacer?. No me complacía pagar un hostal a precio de gringo, y menos por unas horas. Además si uno intenta tomar fotografías, lo que se debe hacer es aprovechar la luz del sol, sobretodo el amanecer y el atardecer.

Decidí hacer caso omiso a los profesores de mi infancia que hablaban que el desierto era muy helado en la noche. Comencé a caminar por el pueblo una y otra vez, sintiendo que el reloj avanza mucho más veloz en Santiago que en un pueblo de adobe. El reloj marcaba cada minuto muy lentamente, mientras el frío llegaba a oleadas cada vez más regulares y agresivas.

A unos kilómetros de San Pedro de Atacama, está el Valle de la Luna, también el Pucará de Quitor. Decidí marchar hacia el valle que comienza a unos kilómetros del pueblo. A esta hora San Pedro se había transformado en un lugar absolutamente silencioso, donde parecía que todos su habitantes dormían junto a sus turistas, sus perros, gallos y gallinas. Las luces del alumbrado mantenían el pueblo con un blanco pálido que contrastaba con la negrura desértica que lo rodeaba.

Llegue a la última casa de San Pedro y comencé a caminar hacia el desierto, hacia el Valle de la Luna, pero que allí a esa hora parecía estar ubicado en el lado oscuro de la luna. No importa pensé, esos kilómetros hasta allá, significará que obtendré buenas tomas del amanecer, ¡y habré vencido la noche y el frío!. Mientras avanzaba, parecía que el negro era más negro, luego de unos kilómetros asumí que no podría continuar, simplemente la oscuridad me rodeaba de tal forma que sentía como el clásico temor irracional a la oscuridad me envolvía poco a poco. Tampoco no era posible continuar, o al menos así me disculpaba, por cuanto apenas podía ver las siluetas de los cerros cercanos, y el único punto de orientación eran las luces de San Pedro que titilaban detrás mío. Regrese al pueblo, y decidí tomar en dirección al Pucará de Quitor, siguiendo un camino que se distinguía perfectamente mientras poco a poco el sol comenzaba a iluminar el cielo que iba cambiando del negro al azul profundo.

Estaba muy cansado me senté en un lugar y tiritando sentía como me dormitaba, solicitando a todas las pacha mamas que no me convirtieran en una nueva momia del desierto. No alcance a dormitar unos 15 minutos, cuando la luz fue suficiente, y me di cuenta que en el cerro frente a mí, había unas extrañas casas de piedra. Estaba frente al Pucará de Quitor, subí feliz el cerro que fue una fortaleza que dominaba todo el valle y que me permitía observar como amanecía en Atacama, primeros en los volcanes, luego los valles hasta que la luz trajo el calor hasta las piedras de Quitor para finalmente llegar a mí.

 

Eugenio Rivas
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Amanecer

 

Quitor

 

Pucará de Quitor

 

Pucará de Quitor

 

 

Turista

 

Turistas

 

Fotografías Pucará de Quitor
 
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