2014-12-15
Alimentación en Chile antes de Chile
Libro investiga sobre la historia alimentaria de Chile con acento en el origen de las especies vegetales que formaron parte de la dieta de los antiguos chilenos, algunas de las cuales se encuentran incorporadas a nuestra mesa.

Oriana Pardo nutricionista y José Luis Pizarro agrónomo, investigan las plantas que consumían los pueblos originarios. Ellos contaban con una variada despensa con especies que muchas de ellas se han perdido o que actualmente corren peligro de desaparecer.

Porotos, maíz y zapallo era una combinación que ya había sido inventada en el Chile precolombino, antes que recibieran el nombre de porotos granados. Los pueblos que habitaban Chile antes de la llegada de los españoles, realizaron el trabajo de campo en las diferentes regiones del país, estudiando y aprovechando los recursos que la naturaleza podía ofrecer. En rigor en base a ensayo y error lograron una dieta variada que en muchos casos nos legaron a través de diferentes generaciones. En cambio otras soluciones alimentarias no pudieron traspasar barreras culturales y generacionales.

La Ciudad Rey Felipe fue establecida por la corona española en 1584 en el estratégico Estrecho de Magallanes, pasando tristemente a la historia como Puerto del Hambre, luego que los colonos que vivían ahí murieran de inanición. A ratos este es un misterio del sentido común, porque si bien el territorio es extremadamente crudo en cuanto a su clima, es muy rico en recursos naturales, donde por ejemplo los canales y fiordos ofrecen en plenitud una rica vida marina. Probablemente el cambio cultural para los colonos fue de tal magnitud, al pasar de la soleada España al frío inclemente magallánico, que doblego sus espíritus ibéricos.

En cambio los pueblos yaganes, kaweskar, selknam y otros sobrevivían al adverso clima del territorio, arropándose con pieles y en algunos casos casi desnudos solo embetunados con grasa de foca. Una profesora de historia sostenía en sus clases en la Patagonia, que los pueblos de este territorio pensaban que “el cuerpo debía hacerse cara”. Al respecto José Luis Pizarro señala a La Tercera que “los europeos no pudieron instalarse en Magallanes hasta entrado el siglo XX, pues no tenían tecnología para vivir en ese medio”. Oriana Pardo recalca que los mismos pueblos a los que venían a conquistar y a los que denominaban “salvajes”, subsistían en esas mismas condiciones ambientales.

Conforme los pueblos pasaron de ser nómades a sedentarios, debieron manejar técnicas para conservar los alimentos. Además surgió la necesidad de realizar trueques de recursos que no contaban. El libro describe vívidamente este fenómeno con ejemplos de intercambio como el de los changos de la costa del norte, que obtenían aceite de lobo, pescado y algas deshidratadas, para intercambiar sus remanentes con productos del interior y el altiplano como maíz, ají y hojas de coca. Al igual que en otros lugares del mundo, las rutas comerciales de intercambio asombran por las distancias que los productos recorrían.

Una de las conclusiones de los investigadores señala que muchas de las plantas de los pueblos originarios pueden desaparecer, por cuanto no están siendo replantadas. Por eso los autores recalcan la necesidad de cuidar este rico legado ancestral.

 
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